miércoles, 19 de septiembre de 2007

Cimientos

Ayer no me gustó lo que escribí. Fue la continuación de cuando Elizabeth llega con Micaela a la oficina y allí comienzan a trabajar. La escritura está como trabada, como no queriendo salir fluída, no sé. No me gustó nada. Aunque creo es natural: como que tenía muchas ideas y para ponerlas todas en el papel lo hice de una manera desordenada y en tropel. Siento que para eso es este blog; debo aprender a usarlo mejor.
Hoy tengo hartas cosas que hacer, así que no sé si escriba mucho, por lo que artísticamente será un día perdido. Un día perdido para mis manos que gritan por escribir pero que las otras obligaciones las atan con una traidora cuerda llamada Tiempo.

martes, 18 de septiembre de 2007

Elizabeth [Capítulo I: La lluvia]

Estoy cada vez más entusiasmado. Veo cómo la historia va cobrando vida, como si fuera un pequeño feto inmiscuido en los vericuetos de mi mente, que progresivamente va confabulando eventos, personajes, argumentos y trama. Ya tengo el primer capítulo terminado, al cual he denominado La lluvia. Hace unos días lo he impreso, y pude notar varios errores, ya sea en la redacción como en las ideas. Y por supuesto, se me han ocurrido varias ideas más. Me gusta. Me gusta tener la facultad de echar un vistazo a mis escritos y poder ir corrigiendo lo que a mí parecer está malo. Y me ha sucedido algo bastante particular. Al leer el capítulo era de noche (ya muy avanzada) y pude sentir, no sé, un dejo de suspenso a mi alrededor. Eso fue un buen indicio. Me animó el resultado.


Resumen Cap I:

El capítulo trata más o menos de Elizabeth, su problema interno con su conciencia enfermiza, y el problema principal: su amiga Micaela recibió una llamada telefónica donde un tal Miguel le avisa que está secuestrado y que necesita con suma urgencia hablar con Elizabeth, su jefa. Es una llamada bastante inusual, ya que no dio dirección ni nada. Estas pistas algo le revelan a las amigas. Miguel no es u hombre común.



CAPÍTULO I: La Lluvia





Capítulo I
La lluvia

Elizabeth tomó su rosario de perlas negras y cerró los ojos. Cerró aquellos profundos y abismales ojos negros, lentamente, como si cada párpado pesara un kilo. Al cerrarlos, sentía cómo su mente se iba calmando pausadamente, concentrándose en todo lo que había pasado durante aquellos fatídicos últimos días. Mientras sus pestañas se dormían, llegaban a su mente todas las imágenes impactantes en un desordenado tropel; aquéllas que se habían grabado en ella y que no la dejaban tranquila: la mujer, el fuerte estallido, los segundos suspendidos en el tiempo, el aliento entrecortado, la sangre derramándose sobre el pavimento. Momentos así había vivido varios, pero no como los que estaba sufriendo en aquellos instantes de su vida. Antes de tener completamente los ojos cerrados, Elizabeth se preguntó si acaso estaría maldita, marcada por alguna magia perversa, pues no se podía explicar el porqué de tanta maldad en sus actos. Si bien eran por una causa mejor, no dejaban de ser actos horrendos, crueles. Ya cuando sólo podía ver una cortina negra de sombra, sintió como cada perla negra de su rosario se apretaban dentro de sus manos blancas, heladas y gélidas, como la noche. Cada perla, una oración de ruego para pedir que no siguiesen aquellos sucesos dentro de su vida. Dentro de ninguna vida. De pronto, el crucifijo de plata brilló por un instante y luego quedó colgando de sus manos como un péndulo inexorable. Alistando su mente, se encomendó.
– Ave María purísima – se escuchó una voz ronca detrás de la rejilla negra metálica.
– Sin pecado concebido – respondió la voz de Elizabeth, casi en un susurro imperceptible
– Cuéntame, hija – dijo el sacerdote, ya con la voz más afable.
Elizabeth demoró un par de segundos.
– Son mis pecados, padre – su voz era cada vez era más fina y delicada.
El sacerdote aguardó por un momento. Al fin dijo:
– Lo sé, hija. Todos nosotros pecamos en este mundo donde el mal está al cruzar la calle. La satisfacción es que Dios nos perdona siempre y cuando nos arrepentimos de corazón.
– Padre – prosiguió Elizabeth –, hoy he matado a una mujer. A una mujer que tenía tres hijos.
El sacerdote guardó un silencio incómodo. El frío aumentaba cada vez más en el confesorio.
Los confesorios de la Catedral eran escuetas estructuras de madera y hierro, cerradas y heladas, en las cuales por un lado había un banquillo donde apoyar las piernas y las manos. Por el otro, una silla pequeña. Al medio y separando, una rejilla de madera y metal negro. Dentro, el olor a humedad y a antigüedad era casi imposible de respirar. Cuánta gente y cuántos pecados confesados en aquella Catedral se mantenían intactos en el ambiente. Se podía palpar el hedor a culpa entre cada tabla, entre cada perno oxidado. Aparentaba un silencio eterno cuando Elizabeth dijo:
– Fue acusada de robar un automóvil. La denuncia llegó y debimos partir tras su
pista. Y no sé si afortunada o lamentablemente encontramos su paradero. Cuando ella se enteró que íbamos hasta su casa, armados, por supuesto, tomó el auto robado y comenzó a huir de forma despavorida por las calles de la ciudad. Los radares la detectaron y fuimos hasta donde se encontraba. Pude ver cómo atropellaba a una muchacha que cruzaba la calle en el afán de escapar de nosotros. Vi también cómo chocaba contra un vehículo estacionado, volqueándolo. Nosotros seguimos persiguiéndola, aprovechando la huella de destrucción que iba dejando a su paso. No razonaba consecuencias, padre; la mujer se mantenía en el vehículo sin importar lo que se interpusiera en su camino. La vida de las personas inocentes corría un riesgo inminente, usted verá. Pero en un momento, topó contra un gran murallón y desvió su recorrido, tiempo en el cual aprovechamos de rodearla. No tenía escapatoria, padre. Luego ella se bajó del vehículo. Llevaba un arma, puedo recordar perfectamente. Le disparó a Efraín, y gracias a Dios pudo esquivar el impacto. Alejandro y Felipe dispararon sin dudar, mientras ella corría, disparando también. En aquellos segundos, yo estaba inmóvil. No sabía qué hacer. Nunca sé qué hacer en momentos así. Aun recuerdo la voz de Efraín, refugiado en el auto… “¡Elizabeth, dispara!”, me gritó. Yo tenía el arma en la mano derecha. Cerré los ojos, deseando salir de ese lugar y viajar lejos por un instante y no volver hasta cuando todo estuviese en calma. Pero de pronto la mujer, esquivando a otro policía, se detuvo frente a mí. Aun recuerdo sus ojos… asustados – una lágrima salió solitaria por la mejilla de Elizabeth. Con el frío dominante, la lágrima pudo haberse convertido en hielo fácilmente. Sus ojos miraban la sombra, perdidos –. Sus pupilas posadas en mí. Un callado grito de mujer a mujer donde me decía ¡Sálvame! Por favor… La voz de Alejandro me despertó justo a tiempo para darme cuenta de que la mujer me había apuntado con su revolver. Pero tantos años de entrenamiento salieron a flote y apunté en medio segundo al pecho de la mujer, y jalé del gatillo. El ruido sonó áspero y seco. La siguiente fracción de segundo detuvo en el tiempo y transcurrió como si fuese una hora. Sus ojos se mantuvieron clavados en los míos abiertos desorbitadamente. Un instante después brotó la sangre de su cuerpo y cayó al suelo. Y yo quedé allí, mirando hacia la nada. Luego llegaron mis colegas y me sacaron de mi ensimismamiento. Alejandro me miró extrañado y preocupado. De mis ojos salían lágrimas de culpa, padre.
La lluvia golpeaba las murallas de piedra de la Catedral. El frío se colaba por las grietas de las viejas paredes de piedra negra. Pequeñas ráfagas de aire espantado hacía mover los antiquísimos vestidos de las estatuas de los santos ubicadas en cada rincón de la iglesia. Ropajes púrpuras con lentejuelas plateadas, por el tiempo de Cuaresma. Desde el altar hasta el flequillo de los bancos se revestían de ese color, anterior a la Semana Santa; las estatuas de los santos, tan antiguas como la misma Catedral, aparecían de pronto desde alguna esquina en sombras y asustaban a más de un devoto que pasaba por ahí. La Catedral era un lugar lleno de sorpresas, y sólo Marta, la señora que lo aseaba diariamente, las conocía todas.
A las ocho de la noche del día miércoles 6 de junio la Catedral se encontraba casi vacía y en sombras, sino fuera por Marta, Ambrosio el sacerdote y Elizabeth. Estos dos últimos se encontraban dentro del confesorio y por ende sólo Marta se veía barriendo el suelo de piedra y tarareando algún salmo extraviado en su memoria. A veces se oían los murmullos del sacerdote y las exclamaciones de Elizabeth, confesando lo horrendo que debía hacer gracias a su trabajo. Luego de oír una exclamación particularmente sonora de Elizabeth, Marta susurró para sí:
– Los pecados terminarán por destruirnos al fin y al cabo.
Marta no fue escuchada ni por el sacerdote ni por Elizabeth, por ello siguió barriendo como si nada, sin darse cuenta de la nefasta premonición que había pronunciado.

Ya había pasado una hora desde que Elizabeth comenzara a contar sus supuestos pecados al padre Ambrosio y ya era tiempo de volver a casa. Se incorporó y salió del confesionario en silencio. Luego, apareció el padre Ambrosio por el otro lado y por fin ella lo pudo ver de cerca. Y quedó espantada.
La cara del padre se encontraba totalmente rasguñada, tenía heridas en la frente y en las mejillas, dos cortes en el mentón y un ojo morado. Su aspecto parecía cansado y enfermizo.
– ¡Padre! ¡Qué rayos le ocurrió! – exclamó Elizabeth, observando con horror el rostro del sacerdote.
– Nada, Elizabeth. Nada de qué preocuparse – respondió el padre Ambrosio, evitando el contacto visual y tapándose una de las heridas del mentón.
– Pero padre, ¡mire esos rasguños! – dijo Elizabeth, acercándose para ver más de cerca la cara lastimada del sacerdote – ¡Por qué no me dijo nada cuando lo saludé!
– Elizabeth, realmente, no es nada de qué preocuparse – respondió de manera lacónica –. Fue sólo una caída. Nada más. Marta cuidará de mí. ¿Te veo en la misa el domingo? Cuídate, y que Dios te proteja.
Y se dirigió a su oficina, ubicada detrás del altar. Allí quedó Elizabeth, preocupada por el aspecto del sacerdote, su amigo. Buscó a Marta por todas partes y por cada rincón de la Catedral (pues ella también conocía muy bien cada pasillo y esquina de ésta) pero lo único que halló fue la escoba de madera con la que la mujer barría, apoyada en el muro. Resignada, Elizabeth salió de la Catedral, abrió su paraguas y caminó velozmente en dirección a su automóvil, para dirigirse hasta su departamento, a ciertas cuadras hacia el oriente. La lluvia era cada vez más intensa. El viento que se colaba por las grietas había apagado todas las velas de la Catedral y la había sumido en sombras ineludibles y penetrantes.


Las finas notas comenzaron a sonar tímidamente. Los dedos, casi congelados, blancos y delgados, se movían tranquilos sobre la flauta traversa, haciendo sonar acordes melancólicos. Alguno que otro trueno interrumpía la tranquilidad de la melodía, y la lluvia era una fiel cortina de permanente sonido monocorde. Elizabeth, con los ojos cerrados, dejaba que la música fluyese por su cuerpo para así liberarse de todos los males, de todo resentimiento que existiese en su interior. De acuerdo al paso de los minutos, la melodía comenzaba a aumentar en rapidez, siendo agitada y brusca; acordes sucesivos, notas vertiginosas.
Elizabeth sabía que con la música se podía liberar. Pero ¿liberar de qué? De mis ataduras, constantemente se repetía. Las ataduras que la mantenían en la tierra, sin poder sentir la brisa del aire, sin poder sentir nada excepto su culpa. ¿Pero acaso era correcto sentir culpa? No lo sabía. Pero esa culpa se mantenía allí, oculta, esperando y siempre molestando, como un inapelable martilleo dentro de su conciencia. Desde pequeña se había interesado en los asuntos policiales, resolver acertijos complejos, buscar pistas y hallar la solución a intrincados problemas. Pero ahora, con veintisiete años y cinco muertes en sus hombros, se había preguntado más de una vez si acaso había escogido la profesión correcta. Isabel, su profesora favorita en la escuela, siempre le decía que ella debía ser flautista, o profesora de música, tal vez, pero jamás policía. “Deja ese empleo para los insensibles, mi niña”, solía decirle, cuando se sentaban a hablar del tema. Pero Elizabeth sabía que algo la llamaba para ser policía, una voz secreta, muda, que todos los días le gritaba que su real profesión era perseguir al culpable y defender al inocente. Pero con los últimos acontecimientos, esa voz se estaba yendo y ella ya no sentía esa misma pasión por defender la justicia que sintiera años antes. Todo era diferente. Cuando hay muerte de por medio, todo se vuelve mucho más oscuro.
De pronto la melodía comenzó a ser más nerviosa, más incómoda a los oídos pero a la vez más intrigante. Las notas suavemente comenzaron a tomar un rumbo inesperado. Agudas, graves, todas se confundían en un vaivén de sonidos sueltos, pero cruelmente pensados. Parecían ser notas al instante, tocadas por capricho, siendo que cada compás estaba fríamente meditado y detallado a la más mínima expresión. Elizabeth comenzaba a respirar más entrecortado debido a que en su partitura casi no había espacio para inhalar y así conseguir las notas correctas. Sus labios empezaban a cerrarse aún más; el ángulo con el que lanzaba el aire era cada vez más estrecho; sus dedos comenzaban a moverse más rápidos. El aire empezaba a faltar y las notas seguían en aumento, más y más. Acelerado, el ritmo no cedía para descanso. Elizabeth comenzó a sentir la falta de oxígeno en su cuerpo; su cara comenzó a teñirse de un ahogado color violeta y sus ojos se inyectaron en sangre. Pero la partitura no cedía, ni un segundo de esa veloz sinfonía asfixiante. Pulso tras pulso, ningún humano resistiría aquella tortura musical… Furiosa, frenética, la melodía crecía y crecía arrolladora y mortal…
Una desafinada nota se escapó de la flauta y Elizabeth tragó una agradecida bocanada de oxígeno. Luego de saciar sus pulmones y tranquilizar su cuerpo, se alejó del atril de sus partituras y se sentó en el borde de su cama. Mirando el piso, meditó. Estuvo a punto de perder el conocimiento, y todo por tratar de finalizar la pieza musical. Se acercó a observar el atril. No había error, así debía ser tocada esa melodía. “Pero esto es imposible”, pensó Elizabeth, analizando las notas consecutivas y sin freno de la extraña melodía. Sin querer indagar más y asegurando que debía haber un error de impresión, cerró el libro que las contenía, apartó el atril a un rincón del cuarto, dejó su flauta dentro de su estuche blanco de felpa roja, y se dirigió al baño silenciosamente.


Un timbrazo del teléfono obligó a Elizabeth a salir de prisa de la ducha, envuelta en una toalla grande y blanca, mojando el piso alfombrado de su departamento. Cuando llegó hasta el aparato, éste abruptamente dejó de sonar. Qué extraño. Elizabeth se quedó mirándolo fijamente, algo molesta, confusa y atenta por si volvían a llamar. Pero como única respuesta recibió unos relámpagos que alumbraron todo alrededor, acompañados de truenos que rasgaron el silencio del cuarto. Atentamente miró hacia la ventana frente a ella. Pudo ver el cielo extenderse hacia lo lejos, todo cubierto de un grueso manto de nubes negras, recortadas por rayos blancos que cruzaban el horizonte como si intentaran trizarlo. La lluvia intensa no había cesado en ningún momento y el sonido de ésta golpeándose con las murallas no se detenía. Podía ver los demás edificios que rodeaban el de ella: altos seres inmunes a todo, potentes y majestuosos que se recortaban contra el hostil paisaje urbano. La lluvia caía envolviéndolos, azotándolos leve pero constantemente, en una tormenta que llevaba días de duración. A cada relámpago, estos seres de concreto y cemento parecían moverse junto con el temporal, en una lente y continua danza, teniendo como música el frío roce de la lluvia con sus paredes, danza que Elizabeth creía imaginar al verlos emerger de las sombras.
Pero de pronto sintió otro ruido, ajeno al de la lluvia.
Se trataba de una especie de crujido mudo, como si algo, aparte del agua, se golpeara contra las paredes. A cada golpe se le sumaba un inusitado gemido, como si alguien tratara de escalar hacia una ventana pero no pudiese. Tal vez por la lluvia o tal vez por el viento, pero cada vez más se escuchaba con claridad aquel quejido sordo, afuera en la intemperie.
Elizabeth escuchó de pronto claro, sin dudas, el sonido de que algo se movía afuera de su ventana. Lentamente comenzó a caminar hacia ella, preparada para cualquier cosa. Sus pasos eran firmes pero a la vez lentos, y cada centímetro que se encontraba más cerca de la ventana, más claro oía los gemidos. Siguió acercándose sigilosamente hacia el vidrio, cuando ya de pronto pudo ver su reflejo en él. Estaba pálida, con el pelo estilando y con una expresión de miedo en su rostro. Pero no se percató en ello ni en que estaba sólo envuelta en una toalla, sino que siguió aproximándose al ventanal.
– Qué demonios…
La lluvia empezó a intensificarse y, cuando Elizabeth llegó al vidrio, los gemidos se detuvieron en seco. Sólo quedaba el monótono sonido de las gotas de agua cayendo y el viento que silbaba en el aire. Fue como si todo se detuviera; el ambiente seguía normal y sin más ruidos extraños. De pronto se percató de que tenía un pequeño charco de agua bajo sus pies y que se moría de frío, casi desnuda. Era una escena ridícula y algo surrealista, pensó. Pero en el segundo en que daba la vuelta para volver al baño, un relámpago especialmente intenso alumbró todo, y Elizabeth creyó ver fugazmente la silueta de un hombre posado sobre su ventana.
Fue hasta la alacena rápidamente, chocando con varios muebles y estantes a su paso. Luego abrió el cuarto cajón, hurgó en el fondo hasta que lo halló: su revolver personal que siempre manejaba en su departamento. Apresuradamente y respirando entrecortado se dirigió a la ventana y se quedó en un costado. Sin duda había alguien afuera de su departamento, atascado en la pared. O actuar rápido o atenerse a las consecuencias. Las lecciones de la escuela de policía pasaban por su mente como lúcidas imágenes de una película mucha veces vista. Cautelosamente comenzó a dirigirse hacia el vidrio de la ventana, con el revolver entre ambas manos apuntando hacia el techo. El cañón de éste oscilaba levemente ya que sus manos tiritaban inconcientemente. Además la lluvia no hacía más que dificultar el asunto: Elizabeth no podía distinguir si seguían los gemidos o habían finalizado. Al fin se armó de valor y en un movimiento arriesgado, cogió un costado de la ventana y la abrió velozmente, apuntando hacia el viento de la noche en todas direcciones. Sintió cómo la lluvia la golpeaba y erizaba su piel. La tormenta era cruel y engañaba fácilmente.
Allí no había nadie.
Luego de cerrar la ventana y dejar el arma sobre una pequeña biblioteca, Elizabeth asumió lo infantil que había sido aquello. Con un poco de sentido común se habría dado cuenta lo imposible para alguien escalar hasta el vigésimo cuarto piso, sin ayuda, en medio de un temporal bíblico y envuelto en un viento desgarrador. Se habría evitado el suspenso y el miedo. Se sintió avergonzada, y se prometió a sí misma tomarse las cosas con más sosiego, y no andar por la vida creyendo que alguien querría atacarla o hacerle daño. Notó el frío que sentía y que seguía mojada debido a la ducha. Esperando no conseguir un refrío ni algo por el estilo se dirigió directo al baño nuevamente. Pero casi antes de llegar, no pudo evitar soltar un grito leve.
El teléfono volvió a sonar.


A unos cien metros de allí, en las Oficinas de Investigaciones de la Brigada de Policías, Micaela esperaba impaciente con el auricular en mano a que contestaran el maldito aparato. Seguramente las líneas telefónicas estarían colapsadas por el temporal. Tal vez el viento había arrancado los cables y cada vez sería más difícil realizar una simple llamada. Y para qué decir de los teléfonos móviles. Todo se volvía en caos apocalíptico cuando en una ciudad mal planificada llovía más de seis días seguidos. Mirando el reloj sobre la repisa de la muralla, comenzó a inquietarse y a mover su pierna izquierda rápidamente, como solía hacer cuando se encontraba nerviosa. Tenía que hablar con su jefa, de que un hombre llamado Miguel estaba intentando comunicarse con ella urgentemente. Pero, ¿cómo hacerlo si la telefonía fallaba? En los correos electrónicos no se podía confiar, pues uno nunca sabe si la otra persona lo leerá a tiempo. Deseó por un momento vivir en otra época y mandar una paloma veloz con un pergamino atado a una pata para que llevara el mensaje; al fin de cuentas, su jefa no vivía tan lejos de allí, pero si los gruesos cables no resistían a la lluvia, menos una paloma mensajera. Trató de eliminar tan absurdos pensamientos de su cabeza y concentrarse en el irritante sonido que le devolvía el auricular, ese que suena cuando desde la otra línea aún no contestan.
En la oficina no había nadie, excepto Micaela. Ubicado en un décimo octavo piso, el Departamento de Logística Criminal de la Brigada de Policías era un lugar frío y hostil, dividido en cubículos, con pasillos y puertas, simulando un tablero de ajedrez; el lugar no se prestaba para una comunicación afable entre sus trabajadores, más bien era propicio para la solitaria misión de investigar los casos más horrendos de crímenes que acontecían en la ciudad. Día tras día, cientos de casos iban a parar a la dependencia, donde decenas de detectives, policías, investigadores y abogados estrujaban cada recurso de razonamiento para poder clarificar los entrañados crímenes que sucedían en toda la periferia urbana. Asesinos en serie, violadores de niños, madres que mataban a sus bebés, padres que lanzaban a sus hijos desde altos edificios, toda clase de homicidios llegaban diariamente. Sin lugar a dudas debía ser un trabajo para los más fuertes. Y Micaela lo tenía claro.
Desde su ingreso al Departamento de Logística Criminal, Micaela obviamente había notado cambios en su conducta y personalidad. Sin dudas ya no era esa mujer fresca de risa fácil que gustaba de pasear en una enorme bicicleta floreada por el centro de la ciudad, vestida de amarillo y haciendo sonar una campanilla a cada instante. Su temperamento volátil y feliz se esfumaba poco a poco, en orden que pasaban los años realizando tan cruda labor policial. El hecho de comenzar a percibir la vida de forma diferente, la hacía meditar usualmente cómo era antes y en lo que se iba convirtiendo ahora. Rebelde y llevada a sus ideas, Micaela era ese tipo de mujer que hacía reaccionar a las demás mujeres, que solían vivir en esa modorra continua de pasar el tiempo en las tiendas de ropa, boutiques y los grupos de tomar el té. Era la presidenta de un movimiento feminista que tomaba cada vez más fuerza, llamado El Aquelarre, y que proponía la igualdad de condiciones entre hombres y féminas, en todo ámbito de la vida, político, laboral, social e incluso religioso. Si bien era una atea empedernida, se esmeraba para que se pusiera sobre el tapete el hecho de porqué no tener sacerdotisas en la Iglesia Católica y no sólo monjas relegadas a funciones secundarias como prender cirios y adornar los altares. Organizaba marchas y paros en los diferentes puntos de la ciudad, reclutando más mujeres con ese espíritu liberal que la caracterizaba y que le había traído más de un problema. Desde su juventud, participó en toda organización socialistas que existiese, por el hecho de odiar el machismo que ella creía típico de los movimientos conservadores. Hija de familia acomodada, había sido expulsada de ese círculo que conformaba el ambiente donde había nacido. Sin importarle el hecho de no tener ni techo ni comida, había salido en busca de su propia vida, y lo que encontró fueron muchas otras que le ofrecían una nueva.
Justamente, gracias a ese espíritu revolucionario creyente en la igualdad de condiciones, había entrado a trabajar en el Departamento de Logística Criminal. Hace unos años, había tenido un novio llamado Rafael Arredondo, que habría de ser el hombre ideal para ella durante los primeros meses de relación; de espíritu liberal, con alma de poeta bizco y amante del cine-arte, Rafael graficaba exactamente el ideal de hombre que Micaela gustaba, aquel que valoraba a las mujeres y las trata como a equivalentes. Pero luego él comenzó a comportarse de manera totalmente opuesta a lo que Micaela buscaba: dejó de respetarle los espacios, a insultar su movimiento feminista y a desmoronar cada proyecto que ella se proponía a alcanzar. Llegó un momento en que Rafael, en un arrebato de machismo crónico, le gritó que jamás podría encontrar un trabajo digno y que se tenía que resignar a ser una comunista del montón con ideas floreadas en las pocas neuronas que poseía. Junto con eso, le dijo que ella no sería capaz de soportar ni un día un trabajo de hombre, que era demasiado idealista y que vivía en un utópico paraíso inventado. Micaela, hecha una leona africana, le vociferó que le nombrase al menos un empleo sólo para hombres. Rafael, dentro de su ira acumulada, le dijo ser policía de investigaciones, y que no lo soportaría por más de unas horas. La convicción innata de Micaela le hizo jurar en ese momento en que se transformaría en la más destacada policía de la ciudad y que mañana mismo se iba a inscribir para postular al cargo. Roja de furia, tomó sus pertenencias y se fue entonces de la casa de Rafael, dejando marcas en el piso con cada paso de titán que daba. Desde aquel episodio en adelante, Micaela trabajó en la oficina de policías de la ciudad, y poco a poco y sin notarlo, las razones de mantenerse a ahí cambiaron en su interior: si bien al comienzo era para demostrarle a su estúpido ex novio que podía realizar el jodido empleo, luego fue por que realmente se sentía llamada a ser policía. Comenzó a tomarle el gusto a la investigación criminal, y cuando resolvía un asesinato y mandaba a prisión al culpable, no podía dejar de sentir ese cosquilleo en el vientre, el mismo que sintiese cuando organizaba marchas y paseaba por la ciudad, repartiendo panfletos rosados anunciando El Aquelarre y el levantamiento feminista.
El teléfono al fin emitió un sonido constante y agudo, señal de que la comunicación había fracasado. Luego se escuchó una voz de mujer, diciendo:
– Lo sentimos, pero en estos momentos fue imposible comunicarnos con el número solicitado. Por favor cuelgue e inténtelo más tarde.
– Como si lo fuese a intentar ahora – gruñó Micaela –. No sé porqué ponen una voz de mujer excitada para las contestadoras. Qué bajo nos tratan estos tipos de las compañías…
Se dirigió al pasillo central de la oficina para extraer un café de la máquina de confites. Mientras le agregaba el endulzante artificial, pensó en qué sería tan urgente para ese tal Miguel llamar a esa hora. Si bien ella debería estar en su departamento, se había quedado trabajando hasta tarde en un memo que debía tener listo para el lunes en la mañana. Total, ese no era el primer viernes que se quedaba más allá del horario normal. Lo curioso era que el hombre llamase de todas formas a la oficina, siendo que ella no le había avisado a nadie que se quedaría hasta tarde, por lo que usualmente no habría nadie para contestarle. Pero fuese lo que fuese, debía ser de suma importancia. Se sintió culpable por el hecho de no poder avisarle a su jefa, y se dirigió al cubículo personal de esta, donde había estado trabajando y donde había recibido la llamada minutos antes.
Tomó el teléfono, levantó el auricular y apretó el botón de Repetir, para volver a escuchar la conversación que había tenido con ese tal Miguel. Ya que estaba sumergida escribiendo el memo, no había tomado real atención a lo que el hombre había dicho, y sólo había apuntado en una hoja: “Llamar. Urgente. Jefa”, y había colgado. Cuando la luz roja del teléfono comenzó a palpitar, en señal de que la conversación iba a reproducirse, tomó asiento y bebió un sorbo de café. Escuchó atentamente mientras se calentaba las manos con los bordes de la taza.
– ¿Aló? ¿Sí? ¿Hay alguien ahí? – se escuchó la voz del hombre. Micaela notó el primer indicio extraño: lo exaltado que se encontraba.
– Sí, sí, aquí – había dicho ella. Su voz por teléfono se escuchaba más aguda y nasal.
– Por favor, sea quien sea, necesito que informe a la señorita Elizabeth Ferrada que me llame a este número del cual estoy llamando lo antes posible. Mi nombre es Miguel.
– Mmm… temo que Elizabeth no se encuentra aquí – Micaela entonces notó lo distraída que había sido.
– ¡Lo sé! Pero por favor, avísele. No tengo ningún número disponible ahora y sólo me sé de memoria el de su oficina. Es urgente, por favor…
– Está bien, trataré de comunicarme – hubo un silencio –. Perdón, ¿quién habla?
De pronto, del parlante del teléfono comenzaron a sonar voces, diferentes a la del hombre que hacía la llamada. La Micaela que escuchaba la conversación por segunda vez agudizó el oído y frunció el ceño.
– ¡Con quién estás hablando, inmundo insecto ignorante! – se escuchó a lo lejos una voz de hombre.
– Por favor – había proseguido Miguel en un susurro casi imperceptible –. Sólo avísele que me llame a este mismo número, antes de que La Cofradía comience…
Y un sonido seco, como de un golpe brusco, sonó del parlante del teléfono y la conversación se finalizó. Luego empezó a reproducirse una voz femenina que dijo: “Para escuchar esta conversación nuevamente, pulse Repetir. Para volver al Menú Principal, marque la tecla Uno. Para finalizar, sólo cuelgue”.
Pero para cuando estaba sonando esa voz, Micaela ya iba bajando las escaleras del edificio, corriendo lo más rápido que sus piernas de atleta le permitían y con la cabellera roja moviéndose en el aire gélido.


La lluvia era cada vez más intensa y producía un sonido estruendoso al chocar con las paredes del edificio. Elizabeth había vuelto al baño, luego de ignorar la llamada telefónica que estaba recibiendo, apretando el botón “Desviar” en el aparato. Definitivamente no tenía ganas de hablar con nadie, y si era importante el lunes podría resolverlo.
Se había enjuagado el pelo y terminado de limpiar su cuerpo. Sin duda las duchas calientes eran un excelente remedio para los nervios, pues la tranquilizó un poco, después del bochornoso suceso de la ventana. Estando bajo el chorro de agua hirviendo, Elizabeth se preguntaba una y otra vez qué demonios la hizo pensar que había alguien afuera de su departamento. Era totalmente ilógico y fuera de juicio y, además, había cuatro conserjes rodeando continuamente el lugar, por lo que era imposible que alguien de intrépida valentía osara a escalar desde la calle hasta un vigésimo cuarto piso sin ser visto, en medio de la lluvia y el viento. Todo el ajetreo policial la tenía así, pensó, todas las persecuciones y los delincuentes que debía enfrentar día a día. El padre Ambrosio había sido claro con ella esa noche en la Catedral: tenía que dominar el efecto que le producía su trabajo. Ella era una profesional, y de las mejores en esa ciudad; no podía permitirse el lujo de andar cuestionando todo lo que hacía, si acaso era correcto o no. Había estudiado y licenciado con honores en la Escuela de Policías. Sabía como manejar la situación en cada problema, estaba dentro de ella la voluntad de hacer de su labor algo digno y justo, que era en definitiva las razones del cargo. Hacer justicia, frente a los culpables e inocentes.
Pero algo maquinaba en Elizabeth que la hacía sentir horriblemente pecadora. Y tendría que aprender a lidiar con aquello, o bien mejor, tratar de eliminar. Pero no era para nada fácil. El padre Ambrosio lo hacía sonar simple, incluso ridículo, pero fuera de un confesorio la vida real era totalmente diferente. En el momento de tener que matar a alguien cuando ya no quedan más recursos, Elizabeth se cegaba absolutamente y nunca sabía cómo reaccionar. Y ella creía intuir las razones de porqué sentía aquello, cuando el resto de sus compañeros no. Tenía que ver con su infancia y las enseñanzas que su madre se esmeró en inculcarle, sin duda.
Cogió la toalla, grande y sedosa, y salió del baño, envuelta en un vapor espeso.
Elizabeth era una mujer de valores. Desde pequeña, Clara, su madre, le había heredado el fervor de generaciones de un catolicismo rígido y piadoso. Cuando su padre murió, Elizabeth, de tan sólo ocho años, se unió como nunca a la Iglesia. Participaba en cuanto grupo católico hubiese en la parroquia, siendo siempre una buena discípula de las misas dominicales, las confesiones, los actos de caridad y ayuda a los pobres. Se podría decir que ella nació así; en sus genes iban siglos y siglos de tradición cristiana que, al más mínimo estímulo, salieron a flote. Siempre se comportó como una niña ejemplar. En la escuela era siempre la primera de la clase, la que continuamente se sabía todos los salmos y la que podía recitar, sin leer, muchos de los versículos del Nuevo Testamento. Las monjas de la escuela estaban fascinadas con la pequeña, y la Sor Angélica no le quitaba los ojos de encima, para poder algún día convertirla en monja. En los últimos años, menos mujeres postulaban al noviciado, y si seguían así quedarían totalmente faltas de monjsd nuevas. Todas ya tenían la cabellera blanca y la piel de loza trizada por los años. Definitivamente, los aires del modernismo liberal repercutían no sólo en los parlamentos sino también en los conventos y seminarios. Pero Elizabeth se transformó en una adolescente y nunca dio indicios de querer ser religiosa. Si bien nunca descuidó la iglesia (de hecho no existía domingo en su vida que no estuviese a las ocho de la mañana esperando la misa) comenzaron a interesarles otros temas, como la música y las novelas policíacas. Clara, cuando Elizabeth cumplió quince años y se había transformado en una muchacha agraciada, alta, delgada y de negro cabello rizado, le regaló una flauta traversa, en un estuche blanco con felpa roja en el interior, que siempre habría de conversar, junto con el instrumento. Desde entonces, Elizabeth desarrolló ese talento oculto que nunca nadie había notado: la música le abrió los ojos para ver que el mundo era más que un altar, un crucifijo y cientos de penitencias celestiales. Isabel, su profesora favorita en la escuela, le solía decir que siguiese la beta artística y se transformara en concertista o profesora de música. Pero, aún amando la flauta, Elizabeth se sentía mucho más llamada a ser policía que a ser profesora. Nunca olvidaría una novela policial que la marcó decisivamente y le hizo resolver que ése era su destino: El truco de los Espejos, de Ágatha Christie. Se imaginaba a sí misma como miss Marple, tratando de hilar los finos cabos del intrincado asesinato que había ocurrido en la mansión de Carrie Louise. Y para sorpresa de su madre, Elizabeth resolvió quien era el asesino antes de miss Marple y antes que se digiera en la novela quién había sido. Obviamente había acertado y dado las mismas razones que, cien páginas después, diera la viejita investigadora. Al día siguiente y sin dudarlo se inscribió en la Escuela de Policías. Y así trazó su vida, que tan amable había sido pensada pero que en los últimos años tan problemática se había vuelto.
Mujer con carácter más bien reservado y escueto, Elizabeth vivía sola en un departamento en el centro de la ciudad. Siempre fue de pocas amistades, pero cuando comenzó a vivir de manera independiente ese estrecho grupo se redujo a uno o dos amigos. Dedicada totalmente a su trabajo, Elizabeth amaba lo que hacía y ponía siempre más allá de lo que le exigían. Estas cualidades hicieron que en sólo cuatro años de servicio se convirtiera en la Prefecta Mayor de la Brigada de Policías de la ciudad. Tenía a cargo a muchos otros policías e investigadores que afanosamente trabajaban bajo sus órdenes. Era exigente pero buena persona con cada uno de ellos. Y, aunque trataba de evitar cualquier tipo de relación con funcionarios de la oficina, no podía dejar de sentir una gran amistad por una en especial: Micaela Torovayo, una mujer de encendido pelo rojo, fanática feminista y defensora de los derechos humanos. Se habían conocido dos años atrás, cuando Elizabeth ya era Prefecta Mayor y con irrefutable fama de excelente policía. Se convirtieron en secretas amigas al mes en que Micaela entró a trabajar. Ambas mujeres eran tan diferentes que cualquier persona diría que se llevarían como el agua y el aceite, y que no se tolerarían. Pero no; es más, Micaela, con todas sus virtudes y defectos, se había convertido en la mejor amiga que Elizabeth tuviera en años. En el trabajo obviamente tenían una relación asimétrica de jefa y subalterna, pero fuera de la oficina eran las confidentes más unidas que existían en cien kilómetros a la redonda. Sin duda, su encuentro había aportado alegría a la vida de Elizabeth y confianza a la de Micaela, que nunca habría imaginado tener como mejor amiga a alguien como ella.
En realidad la vida Elizabeth era feliz, sólo que en los últimos meses se iba volviendo cada vez más sombría y densa.
Luego de estar completamente seca, se puso la camisa para dormir, aseguró la puerta de su departamento y verificó que las ventanas estuvieran bien cerradas. Momentos antes de acostarse se persignó, como todas las noches desde que tenía cuatro años, y elevó una oración, con los ojos cerrados y el corazón confiado, pidiendo que se alejara el tormento que sacudía su vida y que pudiese vivirla con la plenitud de alguien que sabe que hace lo correcto. Se metió debajo de las sábanas y mantas y encontró su cama tibia y confortable. Acomodó su cabeza en la almohada y lentamente comenzó a entrar en aquellos pasillos desconocidos de todas las noches que la mente humana recorre cuando duerme. Poco a poco, el sueño se apoderaba de ella.
Pero de pronto abrió los ojos asustada y su cuerpo se tensó instantáneamente.
Alguien golpeaba furiosamente la puerta de su departamento, con un puño como de martillo, queriendo derribarla como a de lugar para entrar en él.


Micaela había corrido lo más rápido que pudo. Al llegar a la planta baja del edificio, el conserje la vio salir y no alcanzó a preguntarle si algo andaba mal. Por su expresión debía de ser algo horrible, pensó. Afuera el ambiente era frío e invernal. Luego de cruzar la Avenida Principal Micaela se adentró a una callejuela deshabitada para esquivar un gran número de cuadras: el tiempo apremiaba y debía llegar al departamento de Elizabeth, su jefa. Sin duda, aquella extraña llamada y ese hombre llamado Miguel escondían algo; no era normal que alguien llamase y pidiese hablar tan urgentemente con Elizabeth. Y esas voces de hombres que se oían. Y ese golpe que repentinamente había interferido la llamada. Se sintió culpable por el hecho de haber sido tan distraída y no haberse dado cuenta de inmediato que algo malo ocurría. Su cabeza de mujer aérea tuvo que hacerla escucharla por segunda vez para notar lo extraño de la llamada.
Las calles estaban desiertas y oscuras, salvo por los repentinos relámpagos que alumbraban todo por unos segundos. La lluvia caía cada vez más intensamente. Micaela después de unos minutos corriendo aminoró su carrera, con el aliento entrecortado y un dolor intenso en las costillas. Ya casi al llegar al lugar donde su jefa vivía, se detuvo, respiró larga y profundamente, y entró en él.
El conserje, un anciano calvo y menudo, vio lo exaltada que iba y le interrogó:
– ¿Busca a alguien, señorita?
Micaela, no queriendo dar justificaciones, sacó su billetera del bolsillo trasero de su pantalón y le mostró la brillante y plateada insignia de policía. Con ese gesto, el conserje retrocedió unos pasos y mirándola con los ojos preocupados, dijo:
– ¿Algo ocurre en el edificio?
– Sólo déjeme subir hasta el departamento 45. Es de vital importancia.
El hombre titubeó un “pase, pase”, y Micaela apretó el botón para llamar al ascensor.
– Vamos, vamos… – susurraba, mientras esperaba, moviendo su pierna izquierda furiosamente.
Una vez dentro de él, cerró los ojos y notó lo sudada que estaba.

Al llegar a la puerta del departamento 45 del piso vigésimo cuarto, Micaela pensó en lo que le diría a su jefa. Si bien era su amiga entrañable, debía darle las explicaciones correspondientes. Sin dudarlo, comenzó a golpear con el puño cerrado firmemente para que le abriera. Pasaron así unos siete segundos. Micaela hacía un ruido enorme, sin pensar la hora que era y la cantidad de personas que despertaría en el edificio. De pronto, se sintió el sonido de una llave abriendo el cerrojo de la puerta y al segundo se abrió. Apareció la imagen de Elizabeth, pálida, con el cabello húmedo, y envuelta en una bata gris, y con un revólver negro en la mano derecha. Ambas mujeres al verse se sorprendieron mutuamente, luego Micaela entró rápidamente al departamento.
– Elizabeth, disculpa por despertarte a estas horas de la noche, pero… – jadeaba y le costaba mucho trabajo hablar – algo horrible está pasando.
Atónita, Elizabeth cerró la puerta tras de sí, dejó el revólver sobre un mueble en el pasillo y miró seriamente a Micaela.
– ¡Pero qué puede ser tan terrible, Mica, para que llegues así a mi departamento!
– Bastante terrible diría yo – dijo, y tomando una bocanada de aire, se lanzó a contar a borbotones todo lo que había pasado.
Elizabeth escuchó la historia en silencio y mirándola a los ojos. Desde que Micaela recibiera la llamada hasta que la había oído por segunda vez. Desde que dejó la oficina de policías para llegar hasta su departamento. Sin poder creerlo, se sentó en la cama.
– Miguel… – susurró para sí, tratando de encontrar en su confusa y media dormida mente un vestigio de aquel nombre. Sabía que lo había escuchado recientemente, pero… ¿dónde…?
– Por favor, trata de recordar, Elizabeth. Ese hombre tal vez está siendo torturado o es rehén de algún grupo de delincuentes – rogó Micaela.
– Eso trato, pero no puedo… – sintetizó Elizabeth.
Micaela comenzó a dar vueltas por la habitación, errante.
– Tal vez uno de los secuestrados en el asalto a la Compañía de Tabacos de la semana pasada – apuntó Micaela.
– No. Todos ellos fueron rescatados.
– Quizás un rehén de la mafia colombiana, que cada vez se filtra más aquí.
– Ilógico. Ya deberían haber dado precio por el rescate.
– Bueno, entonces ¿qué demonios podría ser? Tal vez un nuevo secuestro – se desesperó Micaela –. Hubieras escuchado la voz de ese hombre. Hablaba como en susurros. Y luego se oían claramente voces a lo lejos, y una en particular le gritó insultos. Luego hubo un quiebre en la comunicación, debido como a un golpe o algo. Espero que no haya sido un golpe… tú sabes… hacía él.
– Lo más seguro es que sí – lamentó Elizabeth, fríamente. Su cabeza trabajaba a mil por horas.
– Y tal vez ahora lo torturan. ¡Qué impotencia!
Un silencio de varios minutos reinó en la habitación. Elizabeth lucía como si no le importara el hecho de que tal vez el hombre estaría siendo torturado. Miraba un punto fijo en el aire y no se movía. Por el contrario, Micaela se agarraba la cabeza, daba golpes en las murallas, miraba a través de las cortinas y no se quedaba tranquila, moviéndose nerviosa de un lado a otro.
De pronto, el rostro de Elizabeth se iluminó.
– Aguarda un minuto, Mica – se mantuvo en silencio durante unos instantes y luego habló –: Ese hombre te dijo que me dieras el recado para que yo le devolviese el llamado, ¿verdad?
Micaela trató de recordar cómo exactamente había sido.
– Emm… claro. Dijo algo así como “por favor, que me llame a este número”.
– Y por supuesto no te lo dijo.
– ¿Qué?
– El número, pues.
– No, sólo se limito a decirme eso.
El rostro de Elizabeth se mantenía inmutado, aunque cada vez más iluminado, como si las ideas fueran pequeñas libélulas que disipaban las sombras de la confusión.
– Pero si ese hombre querría que le devolviese el llamado, estaría loco.
– ¿Cómo? No te entiendo – dijo Micaela, frunciendo el ceño.
– ¡Claro! – dijo Elizabeth –. Si quisiese realmente que le devolviera el llamado te hubiera dicho el número. Además, sería bastante estúpido pedir que lo llamasen, pues obviamente los delincuentes no lo dejarían hablar con nadie. Por alguna razón te dijo eso. “Por favor, que me llame a este número”. No se estaba refiriendo a que le devolviese el llamado. Sería muy arriesgado y temerario…
Micaela trataba de comprender.
– ¿Pero a qué otra cosa se podría estar refiriendo, según tú?
Elizabeth trataba de armar las ideas que pasaban por su mente, sin orden ni concierto.
– Qué se yo, Mica. No se me ocurre en estos momentos – se levantó y salió de la habitación –. Pero si sé que no quería que le devolviesen el llamado.
Micaela la siguió apresuradamente. Ciertamente Elizabeth parecía fuera de juicio.
– No te comprendo, mujer. ¿Cómo iba a querer decir otra cosa si su mensaje fue tan explícito?
– Pero Mica, piensa. Ponte en su lugar. Es lo primero que un buen policía debe hacer – parecía como si dictase una clase de criminología –. Estás secuestrado y rodeado por unos malhechores dispuesto a todos, y tienes un teléfono oculto. Ese teléfono te puede salvar la vida.
– Claro… sí, sí entiendo – dijo Micaela.
Elizabeth hablaba claro y fuerte, mirándola a los ojos, como interrogándola.
– Podrías llamar a muchos grupos de rescate, e incluso a la Brigada Especializada de Acciones de Riesgo, que en menos de cinco minutos estarían dispuesto a salvarte si le das la ubicación donde te encuentras.
– Correcto…
– Los números de teléfono de todas esas instituciones son muy sencillos y fácil de memorizar. Por ejemplo, el de la Brigada Especializada de Acciones de Riesgo es el 134. Y el de la Policía de Rescate es el 155. Todas estas instituciones son muy efectivas y rápidas en lo que a rescate se refiere.
– Por supuesto, sí, claro…
– Pero no. El hombre llamó a un número en especial que era de la oficina de una simple prefecta de policía. O sea, yo.
Micaela poco a poco comenzó a dejar de fruncir el ceño.
– Sabiendo que a esas horas de la noche no habría nadie para responder… Aún así llamó. Y tuvo mucha suerte, pues te encontrabas tú. Pero en el caso de que estuviera la oficina deshabitada, igual podría dejar el mensaje en la casilla de voz, para que al otro día o quizás el lunes de la semana entrante, esa prefecta de policía pudiese escuchar el mensaje.
– Sí… pero…
– Y se nos escapa un gran detalle, Mica – dijo Elizabeth, sonriendo levemente –. Ese hombre dijo que no tenía ningún otro teléfono disponible al cual llamar. Y que se sabía el mío de memoria.
– ¡Tienes razón! ¡Así mismo dijo! – se asombró Micaela.
Elizabeth comenzó a caminar en torno a Micaela, lentamente.
– ¿Qué persona se sabe el número de memoria de una policía en especial y no el de la Institución de Policías, con sólo tres dígitos?
– Una persona bastante especial, diría yo… – dijo Micaela.
– Demasiado especial me atrevería a decir, Mica – Elizabeth se detuvo en frente y puso seria –. Una persona fuera de lo común.
Micaela levantó levemente su ceja derecha.
– ¿Me dices que no era un simple hombre al cual hay que rescatar?
– No lo sé, Micaela. Sólo me atrevo a suponer que el hombre que llamó y dijo que se llamaba Miguel, es un hombre extremadamente inteligente, pues lo dijo todo en clave.
– ¿En clave? – repitió incrédula Micaela, abriendo los ojos como platos vastos.
– Exacto. Ese hombre está secuestrado por alguna extraña organización que él denominó La Cofradía, y teniendo tal vez un teléfono que no le pertenecía, pues dijo que no tenía ningún otro número disponible, marcó de memoria el de una policía en especial, en este caso yo. O sea, Micaela, ese hombre estaba preparado para ser secuestrado, pues se aprendió mi número y llevó consigo un teléfono especial, sin ningún número grabado en la libreta de direcciones, tan común en los teléfonos celular.
– ¿Qué quieres decir?
Luego de extraviar la mirada en el aire gélido del lugar, Elizabeth dijo:
– Lo que quiero decir es que ese hombre está pidiendo de mi ayuda y no de cualquier persona – hizo un silencio y luego dijo –, y quiere que yo me fije en el número del cual llamó. Hay tal vez algo oculto en él.
Elizabeth se dirigió a su habitación nuevamente, abrió el armario, hurgó unos pantalones, una blusa y una chaqueta. Rápidamente se cambió de ropa, dejó la bata a un lado y fue en busca de su revólver, recostado sobre un mueble en el pasillo.
–Debemos dirigirnos de inmediato a la oficina. No sé porqué, pero ese hombre quería yo viese el número del cual llamó. Desde ahí podamos saber quién es él y qué podemos hacer – sentenció.
Micaela aún estaba como paralizada, consternada por la gran capacidad de deducción de su jefa. Notó que no había llegado a ser Prefecta por nada; realmente tenía ese talento innato de los investigadores de las novelas policíacas.
– ¿Elizabeth? – dijo.
Ella se detuvo de pronto y la miró rápidamente.
– A mí jamás se me hubiera ocurrido eso. ¿Cómo lo haces? – finalizó Micaela, con una sonrisa leve en los labios.
Elizabeth no pudo evitar la coloración de sus mejillas. Si bien era su amiga, no estaba acostumbrada a ningún tipo de elogio.
– Iremos en mi auto – de pronto notó que la ropa de Micaela estilaba –. Estás empapada, Mica. Busca algo seco en mi clóset y cámbiate.
Cuando ya estuvieron listas, salieron de aprisa del departamento. Bajaron por el ascensor y al llegar donde el conserje, éste se levantó de su asiento y dijo:
– ¿Todo en orden, señorita Elizabeth?
– Nada de qué preocuparse, Anselmo. Si llega alguna carta para mí guárdala personalmente y que nadie la abra. Tú sabes que no confío del otro conserje.
– Pierda cuidado, señorita Elizabeth. Que tenga una buena noche.
Ambas mujeres ya salían de la recepción del edificio para dirigirse al estacionamiento subterráneo. Una vez dentro del coche, Elizabeth dijo:
–El otro conserje es nuevo, y un total estúpido. Cuando lo sorprendí manoseando mi correspondencia, casi perdió el empleo. Además, creo que le gusto.
El automóvil salió a la calle, viró a la derecha y aceleró rápidamente.
– Eso no sería novedad, Elizabeth – bromeó Micaela.
La lluvia continuaba cayendo y las nubes se hacían cada vez más oscuras. En el silencio de la noche sólo se oía el roce de unas ruedas contra el pavimento de un vehículo que se movía a gran velocidad.


Dentro del oscuro cuarto de reunión de la secta, Miguel trataba de concentrar todas sus fuerzas en conectarse con Elizabeth mentalmente. Sabía que ella era la persona escogida para impedir todo lo que la Cofradía estaba tratando de hacer. O de no hacer, tal vez.
– Dios –susurró –, en tus manos encomiendo mi alma.
Unos de los hombres, de rostro monstruoso y grotesco, se acercó sigilosamente donde Miguel.
– ¿Dios? ¿Acaso dijiste Dios, perro? – bramó.
Miguel lo miró a los ojos sonriendo. La luz que éstos reflejaban era claramente notoria dentro de toda esa inmensa oscuridad.
– Nunca obtendrán lo que andan buscando. Se los prometo – dijo al fin.
Los demás hombres que estaban en la habitación se acercaron rápidamente. Iban armados con látigos, flagelos y diferentes elementos de tortura que, por las heridas en el cuerpo de Miguel, habían estado usando en su contra.
– No te creas, gusano inhumano –dijo uno, al parecer el jefe de ellos –. Sabremos todo lo que necesitemos saber y nadie se nos interpondrá. Si no pudiste tú, ¿quién más?
Una risa cruel brotó de los hombres presentes.
Miguel estaba en el centro de una habitación en sombras, con los brazos extendidos en forma de cruz, amarrados a dos largos postes de madera paralelos, con los pies en el aire y la cabeza caída. El dorso y la espalda estaban desnudos y surcados por profundas heridas ocasionadas por los múltiples azotes del los cuales había sido objeto.
–No eres más que un vil perro que vive en la mentira que todos ustedes se han inventado. Pero ya no más, no… esto ha terminado – dijo el jefe –. Todo lo que han hecho se arruinará de la noche a la mañana. Ya empezamos a trabajar, ¿no ves? Todo marcha en orden, mi querido Miguel. Ya nada podrá detenernos – rió, cruelmente.
Pero al ver que Miguel seguía en silencio, el jefe acercó una silla al lado de él, se subió y pudo contemplar su rostro, oculto tras la larga mata de pelo azabache que colgaba.
Tenía los ojos cerrados y la expresión relajada, con una sonrisa en los labios.
– Bájenlo – dijo finalmente el jefe, disgustado –. Está muerto.


En la ciudad, a las tres y veintitrés minutos de la madrugada, la lluvia, por fin, había cesado repentinamente.